EL PRIMER DÍA DE CLASES DE MI BEBÉ
Lo que callamos las mamás
Lo recuerdo como si fuera ayer: El PRIMER primer día de escuela de mi bebé. Sí, leíste bien. Fue esa primera vez en que mi pedacito de cielo pisó la guardería.
En ese momento yo estaba embarazada de tres meses de mi segunda hija. La recomendación de la sicóloga y del pediatra fue llevarlo a la guarde para que se fuera acostumbrando a la idea de tener amiguitos y ampliar su entorno fuera de mis brazos que pronto iban a tener que atender a la nueva hermanita.
Inicialmente, la idea no era completamente de mi agrado; pero a medida que iban pasando los días me di cuenta de que sería una decisión muy acertada prepararlo para la llegada de la ñaña y darle unas horas de autonomía que se traducirían en más tiempo en casa durante las primeras semanas de la recién nacida.
Entonces empezó la titánica labor de encontrar la guardería perfecta, aquella que se ajustara a mis necesidades y que se alineara con la educación que deseaba para mi hijo. Recorrí con él varios lugares, unos más lindos que otros, unos más caros que otros, hasta que llegamos a un espacio mágico donde la directora, la Tía Rosy, nos acogió con tanto amor que nos conquistó a los dos. Fuimos juntos algunos días, un par de horas, para que se fuera adaptando al ambiente y a los compañeros. Al parecer, todo iba viento en popa.
Uniformes diminutos, zapatos chiquititos y una mini mochila hacían parte del atuendo. Había que mandar a bordar los nombres en las prendas, rotular la lonchera y prepararnos para el gran día.
Y ahí estábamos, frente a la puerta de la escuelita: Mi hijo entre emocionado y confundido, yo entre aliviada y angustiada. Finalmente, salió la Tía Rosy a darnos la bienvenida. "No se preocupe, Ana Vero, ahora entramos solo nosotros y cualquier cosa, yo le llamo". Mi bebé me dijo "chao mami", entro de la mano de la directora y la puerta se cerró.
No alcanzo a describir la sensación de vacío que sentí ni todo lo que llor´ ahí parada en la vereda. Mi tesoro ya no estaría conmigo a todas horas, ¿y ahora qué? Lo vi por la reja a la que me quedé pegada como una araña. Él tenía las manos dentro de los bolsillos del pantalón, cancherísimo, conversando con otros niños con una enorme seguridad. No derramó ni media lágrima -o al menos yo no lo vi- y entre la tranquilidad de verlo así, también me atacó la nostalgia.
Evidentemente, los siguientes días fueron mejores (para mí). Cada vez había menos llanto a la hora de la entrada.
Hoy, mi hijo de 15 años empieza su décimo tercer primer día de clases y les prometo que siento exactamente lo mismo que ese PRIMER primer día. Ahora ya no es un bebé, es un adolescente y, sin embargo, mi corazón siempre llora un poquito al verlo entrar al colegio y pensar en el tiempo que ha pasado.
Por si acaso se lo estén preguntando: pasé por lo mismo con mi hija que ahora tiene 12 años... y también en su primer día en la guarde. Pero eso es tema para otra charla.
Y tú, ¿cómo viviste ese primer día? Me encantaría leerte en los comentarios.
Ana Vero
